Articulos de opinión

La última croqueta

—Este es un breve relato que nace de una desdicha familiar, pero que pretende demostrar que en todo momento trágico, la esperanza puede hacerse camino.—

En torno a la mesa en la que se habían lidiado con las grandes discusiones típicas de cualquier prole, nos amontonamos los parientes vestidos de negro, dejando que los sollozos den paso a las anécdotas de las que reímos con lágrimas. La habitación parece más oscura que habitualmente, dado que nos escondemos tras el visillo que cubre la única ventana, como si de un escudo de nuestra propia pena se tratase. Los más mayores empiezan irremediablemente a plantearse qué hay que hacer con los vestigios de una vida, mientras que los jóvenes intentamos ser payaso para los más pequeños y brindarles una sonrisa de oreja a oreja, aunque forzada. Parece que la tristeza da hambre, o por lo menos, yo no puedo parar de comer, como si la comida fuera la excusa para no pensar. Lo mejor es que lo consigue.

Al final, consulto mi supuesta “inanición” con el grupillo de jóvenes y decidimos ir a la cocina, a comer los restos que han sobrado de la espera y las noches en vela. Llegamos a la cocina, donde ahora faltan los utensilios sobre el fuego y la vajilla desparramada por el fregadero. Los azulejos son amarillos con flores marrones, resquicios de la decoración típica de los sesenta que se mezcla con algunos electrodomésticos modernos, como por ejemplo, un microondas que nunca he sabido encender. Al llegar allí, la estrella fugaz de un recuerdo de la infancia pasa por mi cabeza. Recuerdo estar sentada en esa mesa de mármol, que da a un patio maravilloso inundado de flores y de luz, mientras sonaba en la radio la Cadena Ser y “ella” me preparaba un chocolate caliente y esa tostada de mantequilla untada con un cuchillo para carne. Mil veces he intentado hacerme una tostada que me sepa igual de suculenta, pero no lo he conseguido. Me convenzo de que el sabor especial lo daba untarla con ese cuchillo viejo.

Nunca había imaginado que cuando alguien se marcha, también se podía echar de menos su cocina, esas manos delicadas que con años de práctica había conseguido elaborar los platos de su madre para su propio clan, de reunión familiar a reunión familiar. En mi caso, supongo que cuando me vaya, nadie me recordará por mis escasas dotes culinarias, por lo que tengo que ponerme a ello y esforzarme por ser buena en algo sin demora.

Volviendo a la cocina, llegamos todos apelotonados, intentado buscar algo que llevarnos a la boca. Abrimos el frigorífico, pero tan sólo hay un limón en un cuenco de metal, yogures y algún pimiento suelto. De repente, a uno de nosotros se le ilumina la bombilla y dice: ¡Al congelador! Corriendo abrimos esa caja gélida llena de maravillas, donde de pequeños comíamos los ácidos helados de limón que con cariño y tesón nos preparaba “él”. Y allí estaban, las croquetas. Por triste que fuera, eran los únicos restos dorados que quedaban de sus dedos de cocinera y no pensábamos desperdiciarlos. Uno a uno, cogemos unas cuantas y las guardamos para descongelarlas y saborearlas una última vez.

En ese momento, el que había sido el gran amante de este familiar manjar me dice: -Por favor, no te lleves la última bandeja entera. Así, me quedará la esperanza de que todavía no se han acabado y de que aún me puedo comer la última croqueta. Y así fue, dejé la bandeja sabiendo que cada uno lleva la aflicción a su manera y que la poca ilusión que puede haber en estas ocasiones se puede nutrir, aunque suene ridículo, gracias a una masa de bechamel con jamón, redondeada y frita.

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