Articulos de opinión

La intuición de lo desconocido

La razón por la que nos mudamos de una ciudad a otra, incluso a otro país, puede tener diversas razones: un nuevo empleo, huir de una antigua pareja, las ganas de comenzar un capítulo nuevo de nuestra vida o la esperanza de encontrarnos con un futuro más brillante. A la hora de decidir dónde mudarnos, entran en juego varios factores, para mí los más importantes son los siguientes: buen clima y buen ambiente (esto incluye el tapeo y una compañía agradable), en definitiva, un lugar donde estar “agustico”.

Hace poco, con toda la ilusión y el temor a lo desconocido que se puede sentir en estos casos, hice la maleta y me volví a mudar. La segunda vez en el último año. Descubro que el piso que había alquilado no es tan soleado como imaginaba, pero mi rama creativa ha conseguido que finalmente, a base de posters, alguna maceta y colocar mi ropa en el armario, se haya convertido en mi hogar. Sin embargo, soy de esas personas que hasta que no hace una ruta por el barrio y localiza la farmacia, el supermercado y “mi bar”, no es capaz de sentirse como en casa.

Los bares son esos refugios donde nos escondemos del mundo por un rato, en el que vayamos solos o acompañados sentimos ese ambiente reconfortante en el que los problemas se quedan en la puerta, o  nos sirve de confesionario.

Ayer, buscando las entradas para un concierto, lo encontré. Era un lugar con luz tenue, un poco lúgubre, con paredes caladas pero pintadas de rojo, sillas de todos los tipos y colores (probablemente acumuladas tras sus años de historia), objetos diversos como jarrones, lámparas viejas y carteles de artistas que buscan abrirse camino entre el público.

El camarero, un señor de edad media, tenía el semblante serio, pero se podía deducir en su mirada que era el tipo de persona que calla porque ha oído demasiadas historias, porque ha sido testigo de encuentros y desencuentros, porque a través de los artistas que llegan al local, ha aprendido que las palabras no deben usarse en vano.

Las entradas no estaban a la venta, pero decidí quedarme a tomar un café para analizar ese pequeño antro. Había libros de poesía por los rincones, un piano antiguo destrozado por el uso, un suelo de los años sesenta desgastado y esa iluminación que parece clandestina e invita a esconderse y pensar.

Al sentarme en la barra, me di cuenta de que en el vacío local, me acompañaba otro aventurero. Al principio me había parecido un joven solitario, que tomaba un vaso de algún licor y que miraba incesante su móvil porque, según mi intuición, esperaba a alguien que llegaba tarde. Tras hablar del tiempo con el camarero, me dí cuenta de que el joven leía un libro de música  y según me explicó, la lectura abarcaba desde las vivencias de los músicos más clásicos hasta la música frenética de hoy en día. La conversación se acabó ahí, pero analizándolo, vi que era un chico joven, un músico que llevaba a cuestas la que imagino que sería su mejor amiga, su guitarra. Fue en ese momento cuando me dí cuenta de lo ridícula que había sido, por juzgar a una persona tan solo por su imagen y mis valores, un tanto influenciados. Ese joven me acababa de demostrar que la vida no sólo consiste en fiestas y tener a alguien que sea testigo de nuestras hazañas, lo más difícil es ser capaz de disfrutar en soledad de un momento de paz con nosotros mismos.

Acabé mi café con ganas de preguntar más, de conocer la vida de ese extraño y la historia de esas paredes. Sin embargo, pensé que a veces es más maravilloso dejar volar la imaginación y llevarme ese sabor de boca que deja el encanto de lo a medioconocer.

Volveré con el ánimo de descubrir esas personas que hacen fallar mi intuición, de las que ignoro su presencia en las calles, para que aporten a mi vida una pizca de realidad y me hagan aprender de que no, las apariencias no lo son todo.

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