Articulos de opinión

La crisis de los 25

Ayer fue el cumpleaños de una amiga, y como buena colega, se me olvidó felicitarla. Dicho olvido me reveló algo de lo que no me había dado cuenta, en menos de un mes tendré 25 años. Y me pregunto a mi misma, ¿pero cómo he llegado hasta aquí? ¿cuándo se ha pasado el tiempo? La primera cosa que se me pasa por la cabeza es que hace nada tenía 13 años, era una bola con aparato dental que se ponía bizca jugando a las Barbies (tuve una infancia muyyyy larga). La segunda, es que hace un instante tenía 17 años, entraba en la facultad con un gran pavo y poca experiencia. Con 18 me estaba enamorando por primera vez y también me partieron mi impoluto corazón. Después me iba de Erasmus, me pasaba un año sabático, me dejaba perder en la vida nocturna, acababa la carrera, trabajaba, volvía a estudiar… Así escrito suena que han pasado muchas cosas, pero para mí todo esto pasó ayer, sólo ha sido un suspiro.

La crisis de los 25, también llamada la crisis del cuarto de siglo, está reconocida científicamente como una posible edad de depresión y de transición, al igual que pasa con la crisis de los 40, o como algunas feministas denominan, la crisis pitopáusica. Con los 25 se supone que te sumerges en la vida adulta, en su infinidad de responsabilidades y el resultado es que la mayoría de los jóvenes se agobian.

Después de pasarnos unos 20 años de nuestra vida marcada por los estudios, nos encontramos con que nos escupen a la sociedad y nosotros no sabemos ni inscribirnos en el INEM. Y es que tanto empolle nos ha hecho subrayar en fosforito más de 2000 libros, escribir 250 resúmenes y más de 300 chuletas para luego no saber ni qué hacer con tanta libertad o cómo tomar la decisión correcta.

Lo primero de lo que te das cuenta cuando estás a punto de cruzar el umbral de los 25, es que tu vida de adulto no es lo que tu esperabas. Con 14 años soñaba con ser cantante y para cuanto tuviera 25 tener una carrera consolidada en el mundo del espectáculo (a lo Christina Aguilera), con mucho dinerito y una larga lista de amigos famosillos. Pero dadas que mis virtudes nunca se han marcado por mi buena entonación, de famoseo nada de nada. En todo caso postureo ocasional en el Facebook y dando gracias.

En esta etapa, hacemos honor a la expresión ni chicha ni limoná. No somos niños ni mayores; somos trabajadores pero nos llaman becarios; vivimos entre la nostalgia del pasado, la inseguridad del presente y la incertidumbre del futuro; nos dicen que “se nos pasa el arroz”, pero estamos ” en la flor de la vida”; nos preguntamos dónde estaremos dentro de un año y ni siquiera sabemos dónde estamos hoy. El estado ni chicha ni limoná no es divertido y nos crea inseguridad, por eso intentamos aferrarnos a tiempos mejores, los famosos 16 añitos fiera en los que la vida se resumía en hacer los deberes, merendar, ver Doraemon y pasearte para ver al chiquillo de turno (al cual buscabas toda la tarde y con el que no mediabas ni un simple “hola”).

El ranking de prioridades

La crisis del cuarto de siglo nos hace analizar todo lo que nos rodea: lo que hemos vivido, nuestros amigos, nuestra pareja, el trabajo, nuestro futuro…

En cuanto al trabajo, nos planteamos si hemos triunfado o hemos fracasado en nuestros planes. Quizás nuestro trabajo o prácticas están lejos de nuestros sueños, pero hay tiempo. Hay que tener en cuenta que el éxito es algo que se consigue con esfuerzo y que rara vez te dan el empleo de tu vida así, de la noche a la mañana. Somos jóvenes y tenemos la energía suficiente para seguir formándonos y alcanzar nuestros objetivos.

Si hablamos del amor, supuestamente las relaciones son más maduras, estables y profundas. Pero esto depende del tipo de persona que seamos. Hay parejas que llevan juntas desde la niñez, otras que se conocieron en la universidad y otras que se conocen en una vida más adulta. No nos debemos dejar influenciar por la sociedad y la familia, que muchas veces nos presionan con las tipicas campañas de “yo a tu edad estaba casada y te tenía a tí”. El amor de nuestra vida no se encuentra así como así, y soy testigo de que hay mucha gente que a nuestra edad busca, no tiene prisa y se lo pasa de rechupete picoteando mientras tanto.

Y por último, la amistad, esta gran palabra que en su mayoría abarca a personas que han marcado nuestra existencia, compañeros de viaje de éxitos y malas decisiones y consejeros emocionales de nuestro día a día cuyo lazo nos une, a veces, de por vida. Cada época tiene sus amigos: en la infancia son amigos de juegos, en la adolescencia son amigos de experimentos y, es durante la juventud, donde decidimos cuáles son las personas que están de paso y cuáles tienen un lugar privilegiado en nuestro corazón. La relación de amistad también cambia con la edad, aunque he de decir que con 25 años se siguen teniendo amigos todoterreno con los que salir de fiesta, hablar de parejas, viajar, cometer locuras, llorar y reir sin parar. Simplemente, cuando llega esta edad nos solemos deshacer de la gente “nociva”, esos seres vivientes que en algún momento de nuestra vida nos hicieron sufrir y cuya existencia suele ser más molesta que una “picadura de avispa”.

En conclusión

La crisis de los 25 es como toda crisis, un periodo transitorio en los que juntamos todos nuestros miedos y con los que hacemos bola. Pero si lo pensamos bien, muchos de nuestros sueños eran tan solo pasatiempos adolescentes, asi que la bola es mucho más fácil de digerir. Con nuestra edad, seguimos soñando pero con un punto muy diferente, ahora tenemos la independencia y la posibilidad de poner esos anhelos a nuestro alcance por nosotros mismos. Además, ¿a quién le gustaría ser el Justin Bieber de la época y convertirse en un tirano? A seguir luchando, que estamos en “la flor de la vida” y a hacer todo lo que nos arrepentiriamos de no hacer. Y mientras tanto, !A por el siguiente cuarto¡

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