Articulos de opinión

Hogar dulce hogar

Hola a todas las personas que por mera casualidad estén leyendo este artículo. El objetivo de este blog no es ser público y tener muchos lectores, sino poner mis pensamientos en vereda y para ello, la escritura es la mejor medicina.

Soy una persona feliz de la vida. De hecho, me suelen decir que soy la alegría de la huerta, pero cuando estoy por fin sola, me quito la máscara y mis fantasmas salen a la luz, como a todo el mundo. A veces me siento como una estrella de cine y me explico. Es habitual ver a grandes famosos que intentan por todos los modos separar su vida privada de la vida pública y se sienten agobiados por ese incesante “qué dirán”. Poco a poco, tu entorno muchas veces te aleja de ti mismo y te acabas convirtiendo en un mero personaje, como si fueras una actriz de tu vida.

El punto positivo para los aspirantes a tronista es que no hace falta estar en Hollywood para sentirse así. Con estar en tu pueblo y hacer algo que esté fuera de tono tienes mejor exclusiva que el mismísimo HOLA. Y es que hace poco he tenido la oportunidad de pasar una larga temporada en mi pueblo de origen. Tengo que señalar que fue una idea de mi pareja y que desde el primer momento me pareció descabellada, pero accedí, ilusa de mi, dado que después de estar dando tumbos por aguas internacionales me apetecía ese sabor a cateto que tiene mi tierra.

En fin, que la cosa es que llego a mi pueblo. Todo el mundo me saluda, qué alegría, cuánto tiempo.  A todo esto hay que añadir que en mi zona somos de pocas palabras y ponernos al día nos lleva tres segundos.  Simplemente alguien te pregunta:- ¿Y quEeeEÉ?, a lo que uno responde: -!Pos nAaAa, aquí estamos!. Con esa frase se deduce que has vuelto de donde te hayas ido, que tu estás bien, que tu familia también y que probablemente vas camino a tu casa o a tomarte una cervecilla. ¡La información es poder!

De camino a tu casa, te sometes al escáner choricero. Este escáner consiste en que todos los “señores/as de avanzada edad” del lugar te miren de arriba a abajo para ver si te ha cambiado un pelo de la cabeza. Estos señores, los cuales analizan a los viandantes desde la silla de playa colocada en la puerta de su casa, no suelen saludar, pero pobre de ti si no saludas, porque se encargarán de decírselo a tu abuelo, con la consiguiente retirada de aguinaldo por “maleducao”. Pero bueno, qué bien sienta estar en casa.

Y por fin llego a mi dulce hogar. Entro en mi habitación, que sigue como la dejé 7 años atrás: con las paredes de papel de barquitos, un póster de Andy y Lucas por ahí, unas zapatillas fosforitas por allá y todos mis peluches despeluchaos esperándome encima de mi cama. Y vuelvo a sentir ese olor a casa, mezcla de suavizante del Mercadona, comida de lata y deposiciones de las cabras del vecino. Ummmmmm, mi casa.

Obviamente, en mi zona no hay mucho que hacer, así que me planteo el verano en cuatro metas. Meta número 1, conseguir un bronceado envidiable para las fiestas de agosto. Meta número 2, aprender a cocinar que tanta pasta empieza a hacer estragos en mi estómago. Meta número 3, quitar los puñeteros barquitos de la pared. Meta número 4, aprovechar el verano para beberme todas las fiestas pueblerinas y socializar con el “zagal” de turno.

Metas establecidas, me dirijo a darme un “voltio”, que es lo que en mi pueblo denominamos “dar un paseo” para ver que se cuece en el paraje condal. Voy y me siento en mi bar favorito, el de toda la vida, a tomarme un café de los de “ponernos al día”, pero ¡Mierda! me han pillado las cotillas. Las cotillas de mi villa suelen pertenecer al denominado “Comité MesaCamilla”, es decir, a chicas jóvenes que se comportan como viejas y suelen pasar el tiempo criticándose entre ellas y a todo ser viviente que no sea de su agrado, todo esto, claro está, en torno a una mesa de camilla (las nuevas generaciones realizan su actividad en una mesa de un pub, cubata en mano).

Mi caso consiste en que después de unos años de sequía (solamente infundada, pero claro, conquista no publicada en Facebook, conquista que no existe) apareces con un novio. Y pobre del “amigo”, porque si no es Brad Pitt, que en ese caso dirían que es mucho para ti, lo van a criticar hasta la saciedad. Que si es forastero, que si el chico está relleno, que si mira cómo viste…Es llegar y someterte a todo tipo de comentarios, incluido el poco alentador “fíjate que se ha tenido que buscar a un extranjero para que alguien la quiera”. Pero, en mi caso, no hay que caer en el error de que son los demás los que opinan, que tu familia también lo hace. Que si mira que pelos, pues haz que adelgace, que si cómprale unos mocasines para los domingos… Y así es como uno acaba harto de familia y de pueblo.

Y entonces, tres semanas después de haber llegado a casa, cuando ya está uno saturado de estar tanto con la prole y de escuchar tanta opinión dices “necesito un plan de huída”. En mi situación, una diplomada en paro, la escapada es digna de una secuela de Indiana Jones. Razón 1, ya no estudio así que la financiación “parental” se acabó. Razón 2, no tengo trabajo, por lo que mis ingresos dependen del aguinaldo “abuelil”. Razón 3, mis amigos me quieren, pero desgraciadamente ninguno es millonario y no me pueden acoger por tiempo indefinido. Razón 4, me han dado tantas becas que ya debo estar en la lista negra del Ministerio. Por lo tanto, el plan se complica y acabas enclaustrado en tu agridulce culo del mundo que resulta ser el único lugar de este planeta donde puedes decir “estoy en casa”.

Así que… ¡SEÑORAS PUEBLERINAS! Les aviso que pasaré por estos lares una larga temporada. Vayan agudizando el oído, que habrá exclusiva.

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